viernes, 5 de julio de 2019

REDENCIÓN. CAPÍTULO SEXTO.




REDENCIÓN.
CAPÍTULO SEXTO.


__ ¿Pedro?  ¿En verdad deseas continuar tu seminario conmigo? __preguntó Guillermo.

__A eso llegué, eres el mejor, Gaby se irá en días y todo será como antes.

2019.
“Puedes traicionarme una vez.
Una única vez”. Isaac Hayes.
 “Si no puedes vivir sin tratarme bien,
deberás aprender a vivir lejos de mí”. Frida Kahlo.


“Las calles ruidosas quedaron en silencio, no se oían ni los pajaritos,  el mundo enmudeció justo en el momento en que tú y yo nos miramos y sonreímos,   con el mundo detenido nuestros cuerpos se fundieron en un beso largo y eterno que dejó nuestras vidas enlazadas aunque tu mente se empeñe en enterrarlo, profesor.  Cómo no soñarte, si mis labios te llaman, mis manos te extrañan, mi cuerpo arde por ti, y mi corazón grita…  ven a mí. Cómo no pensarte, si no sé  vivir sin ti, necesito de tus ojos
para ver mi camino, de tus labios para saciar mi sed y de tu amor  para no morir, cómo no desearte, si tú eres todo para mí, y formas parte de mi vida constituyéndonos en un solo ser.
No hay nada más hermoso que cuando entre las cortinas de la noche te busco para soñarte amor, no hay nada más delicioso que imaginar tus manos perdiéndose al recorrer mi cuerpo, eres el amor que siempre soñé, el que siempre me habla estando dormido, siento cómo en mis sueños pones tus ojos en los míos, para recorrer cielos de amor, me vas besando con la ternura que tú solo sabes, yo no quiero despertar de este sueño vida mía, porque ya sé que soy tu enamorado, que mis sueños ya no son sueños, ahora te encontré sin buscarte, ahora tengo al amor que deseo, me besas sin pedirte tus besos a cada momento, en cada sueño dejas que mi cuerpo tiemble, siento la libertad cuando viajo por tus ojos perdiéndome en tus adentros, buscando ese no sé qué, que mi alma necesita,  eres el amante perfecto.
Los misterios de este amor inundan mis noches, y cuando en su negra oscuridad la noche llora, llora también mi alma, y el cielo entristecido, palpita destellos de lunas muertas, ellas ya no cuentan secretos, ni hablan de ti y de mí, de aquella mirada que se hizo dueña  para siempre de nuestro sentir, de nuestro vivir, y de nuestro dolor, cuando la noche cae crecen los recuerdos en mi maleta llenándola de sueños, cuando llega la noche las puertas de mi alma se abren para ti, para dejar que las palabras y versos de poeta enamorado, escriban con sus dedos la dulzura de cada uno de sus soles, de sus lunas, dejando que recobren vida para que adornen tu cielo y tu mundo sin mí.
Sentí el surgimiento de esto nuevo, como flor que crecía en mi estómago. La rosa perfecta que desbordaría con esencias de amor inmaculado y fragancias tersas, como terciopelo a los pies de este corredor cansado. Se erigió altiva y segura en base a tu rostro y creció con la fuerza de tu sufrida vida, a puro sentimiento. El hidalgo tallo portó la flor de este amor en proceso, la elevó como fantasías y estrellas en mi corazón. Los pétalos rompieron y se hizo grande y hermosa. Las mariposas y luciérnagas no tardaron en llegar y estremecían mi vientre con la sola contemplación de tu rostro.
Como azúcar que se quema y torna amarga su natural ligereza, así pero veloz en el tiempo la flor comenzó a cambiar. La rosa roja de mi agitación desprendió espinas y estas crecieron y fueron un ejército grande que arremetió contra las paredes de mi pobre estómago enamorado y lo lastimó. Entendí de la distancia y de los besos imposibles, la fantasía que no iba más allá. Las mariposas en espinas y luciérnagas como antorchas clavadas en mi interior. Se dobló mi querida flor y emanó con asco su perfume de lo que no sería y con nauseas parí la rosa que no pudo ser. Mientras tanto tú, si tú, dormías plácido en tu lecho de ingenuidad. Pero no ayer.
La niebla era espesa y no permitía ver más allá de mi propia ambición. Tropecé varias veces, muchas para mi delicado gusto, pero seguí. A veces a ciegas, a veces percibiendo el sonido lejano y confuso de mi destino. Cada tanto subía y buscaba aire desesperadamente por encima de la bruma que acentuaba la gravedad y procuraba sumergirme. “Esta es la última”, pensé casi sin aliento y te vi. Me arrastré por la lodosa superficie, ciego y en la aflicción de los tiempos. El faro emitía luz brillante y consoladora, arañé tus pies y salí a la superficie. “Hace tiempo que te espero”, me dijiste con voz angelical. Quizás nunca sepas lo que me costó.”

“Obcecado, sin cansarme, te busco sin encontrarte extraviado en las insondables sombras del camino,
cruel mi destino, extraño y sufro en esfuerzo vano los susurros de tu boca, amarte y besarte, ¿quién sos amor que me persigues y no te veo?
Si pudiera hablar con vos en un recodo del camino, yerma mi vida tu ausencia destruyó en mil pedazos, se aquieta la vida en la luz de tus ojos, un remanso entre tu callado silencio, y pedirte perdones tardíos. Muero de amor, sufro en las llamas de mi infierno, añoro tus manos tibias como mariposas en la brisa, vivir amores rebosantes lleno de alegría y sonrisas y te fuiste en silencio, y dejas mi vida un destierro. Se ahoga mi vida en este día, pena grabada a fuego,  fríos silencios, indiferencias de mis amores impíos, mi conciencia me castiga y condena en mis delirios, muero condenado, dolor de mis culpas sin remedio. Y culpable de herirte tu amor, es mi cruel tormento, buscaré la dulzura de tu aliento y suave como brisa entre un espejo de tu sombra, murmullos y sonrisas y la esperanza de vivir con vos un nuevo encuentro. Mi alma sin tu amor,  es solo una sombra efímera.”

Gaby estaba sentada en la barra de la cocina de Guillermo tomándose un café con leche y hojeando una revista de moda francesa que no era su lectura habitual. Su mesita de noche en Rosario estaba siempre llena de libros de política, de historia, economía, relaciones públicas y sociología, con la esperanza de que algún día sus superiores le pidieran su opinión en vez de pedirle que fotocopiara la opinión de alguna otra persona. Ahora estaba de baja, tenía tiempo de leer otras cosas aparte de política provincial.
Esa mañana se encontraba mejor, mucho mejor. La conversación con Alberto de la noche anterior había ido bien. Aunque seguía disgustado por la cancelación de la boda, no había dejado de repetir que prefería mil veces tenerla a ella que una boda.
“No hace falta que nos casemos ahora mismo. Podemos aplazarlo hasta que hayas superado el duelo. Pero te quiero a mi lado, Gaby. Siempre te querré a mi lado mi amor, no te separes de mí. Como mi esposa, como mi amante, como mi amiga… Aceptaré tus condiciones porque te amo. Vuelve conmigo.”

Sus palabras atravesaron la nebulosa de dolor y depresión que se había apoderado de la mente de ella, y, de pronto, lo vio todo claro. Había creído que ella huía de Miguel, de su padre, y del fantasma de su madre, pero tal vez también hubiese estado huyendo de Alberto. Al oírlo decir esas palabras se dio cuenta de que no podría abandonarlo nunca. No podría vivir lejos de él.
Su declaración había roto sus defensas y le había hecho darse cuenta de que  realmente deseaba ser su esposa. Fue consciente de que no quería esperar mucho para que Alberto se convirtiera en su marido. La vida era demasiado corta y cruel para desperdiciarla siendo infeliz. Su madre así se lo había enseñado.
Guillermo entró en la cocina, llevaba puestas las gafas. Tras darle un beso en la coronilla, le puso delante un fajo de billetes. Gaby se los quedó mirando con desconfianza, tras comprender de cuánto dinero se trataba, abrió mucho los ojos.

__ ¿Para qué es esto?
Él se sentó a su lado aclarándose la garganta.
__ ¿No ibas a ir de compras con Pedro?
Su hermana puso los ojos en blanco.
__No iremos. Está ocupado. Pasará todo el día haciendo un trabajo con un tipo llamado Matías. Y cuando acaben irán a cenar.
Guillermo se estremeció, masculló una maldición ininteligible, el insulto afloró en su mente sin pensar. Se tensó y gruñó para sus adentros.
Gaby empujó el dinero en su dirección y siguió leyendo la revista.
Él volvió a ponérselo delante.

__Quédatelo.
__ ¿Para qué?
__Cómprale algo a tu amigo, poco menos vive en la miseria.
Su hermana entornó los ojos.
__ ¿Por qué? Es mucho dinero.
__Lo sé _murmuró entre dientes.
__Es demasiado, Guille, Pedro no aceptaría regalos ni siquiera míos por este monto.
__ ¿Has estado en su departamento si es que puede llamarse así el hueco donde vive?
__No. Por lo que parece tú sí.
Él se revolvió incómodo en el taburete alto.
__Solo un momento. Estaba lloviendo, como tampoco tiene auto, lo acompañé a su casa en coche. Y…
__ ¿Y? __Gaby le pasó el brazo por el hombro y se le acercó con una sonrisa cómplice__. Cuenta, soy tu hermana.

Guillermo se liberó de su brazo con un movimiento de hombros y la fulminó con la mirada.
__No hay nada que contar. Fui un momento a su departamento, lo vi y es espantoso. Ni siquiera tiene una cocina, por el amor de Dios.
__ ¿No tiene cocina? ¿Qué demonios dices?
__Que es más pobre que un ratón de iglesia. Por no hablar de esa espantosa mochila que lleva a todas partes. Gástate todo el dinero en comprarle un bolso decente si hace falta, pero haz algo, porque si vuelvo a vez esa bolsa, te juro que la prendo fuego.
Gaby enarcó la ceja.
__ ¿Por todos tus alumnos te preocupas  así y reparas en sus mochilas?
__No voy a contestar.

Se pasó  las manos por el pelo varias veces y luego las dejó allí, mientras permanecía encorvado sobre la barra.  Con el poder de percepción que solo tiene una hermana, Gaby se lo quedó mirando. Guillermo aparentaba ser el jugador de póquer perfecto. Era impasible, frío y cerebral… No un poco frío, como la brisa o como el agua de un arroyo en otoño, sino muy frío. Frío como el contacto del agua de una roca en la piel al anochecer.
Gaby pensaba que la frialdad era su peor defecto, esa capacidad suya de decir y hacer cosas sin preocuparse por los sentimientos de los demás. Y en los demás incluía a su familia.
Pero a pesar de sus defectos, Guillermo era su hermano favorito. Y, como la pequeña de la familia, diez años menor que él, Gaby era la favorita de Guillermo. Nunca había discutido con ella de la misma forma que con Miguel o con su padre. Siempre la había protegido. A su manera, la quería. Nunca le haría daño de manera intencionada. Sin embargo, le había hecho daño varias veces al ver cómo se lo hacía a los demás. Y, especialmente, cómo se hacía daño a sí mismo.
Sabía, que si se fijaba bien, Guillermo no era tan buen jugador de póquer. Había demasiados detalles que delataban cuándo estaba sufriendo. Cuando estaba a punto de perder los nervios, cerraba los ojos, cuando se sentía frustrado se frotaba la cara, y recorría la estancia de un lado al otro cuando estaba preocupado o asustado, señales que ella había aprendido. Al ver que empezaba a caminar por la cocina, Gaby se preguntó de qué tendría miedo.

__ ¿Por qué te preocupas tanto por Pedro? Cuando cenó aquí no estuviste demasiado simpático. Ni siquiera lo llamabas Pedro.
__Es mi alumno. Tengo que mantener una actitud profesional.
__ ¿Profesionalmente mezquina y cruel?
Él se detuvo y la fulminó con la mirada.

__Vale. Me quedaré el dinero y le compraré una mochila. Aunque preferiría comprarle camisas, trajes y zapatos.
Guillermo volvió a sentarse en el taburete.
__ ¿Ropa y zapatos?
__Sí. ¿Y qué te parece si le compro también algo de ropa fina? A él le gustan las cosas bonitas, pero no puede permitírselas. Y es guapo, ¿no crees?
El miembro de él respondió antes que los labios, se movió inquieto bajo sus pantalones  de lana gris. Cruzó las piernas para disimular.

__Gástate el dinero en lo que quieras, lo único que pido es no volver a ver esa mochila.
__Bien. Le compraré algo fabuloso… aunque probablemente necesite más dinero. Y luego tendremos que llevarlo a algún sitio para que luzca el nuevo modelito y quizá corte de cabello. __Gaby miró a su hermano mayor y parpadeó.

Sin molestarse en discutir ni en negociar, Guillermo sacó una tarjeta de  visita de su cartera, tomó la estilográfica Montblanc y desenrolló el capuchón.
__ ¿La gente normal aún usa esas cosas o solo los medievales? _preguntó ella, inclinándose hacia él con curiosidad__. Me extraña que no uses tintero y pluma de ave.

Guillermo frunció el cejo.
__Es un modelo exclusivo _ respondió, como si eso lo aclarara todo.

 Gaby puso los brazos en garra mientras su hermano usaba la reluciente plumilla de oro de dieciocho quilates para escribir una mera tarjeta de visita al dorso con una caligrafía segura, pero anticuada. Decir que Guillermo era pretencioso era quedarse corto.
__Aquí tienes _ dijo él, deslizando la tarjeta sobre la encimera de la barra__. Tengo cuenta en las mejores casas de la ciudad. Enseña esto al conserje en cada una y él te llevará a la encargada de proveerme, mi personal shopper que se encargará de que lo carguen todo a mi cuenta. Pero no te vuelvas loca, Gaby. Ah, quédate con el dinero en efectivo. Considéralo un regalo de cumpleaños con seis meses de adelanto.

Ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
__Gracias. ¿Qué es lo que dice la tarjeta?
__El nombre de la casa principal, versión en el país de Saks Fifth Avenue. Tienen de todo. No te olvides, lo importante es terminar con la vieja mochila, que además está contaminada.
--¿Qué?
__Yo me entiendo. Lo demás son… detalles insustanciales. __Su voz sonaba de pronto malhumorada.

__De acuerdo, pero ¿me podrías explicar por qué te altera tanto esa mochila L. L. Bean? Todos los estudiantes tienen una. Yo misma tenía una, hasta que maduré y descubrí Longchamp.
__No lo sé _ reconoció, Guillermo, quitándose las gafas y frotándose los ojos.

__Hum. ¿Añado ropa interior a la lista? ¿Te gusta… de gustarte? _ preguntó Gaby con una sonrisa irritante.

Su hermano resopló.
__ ¿Cuántos años tenemos, Gaby? Es mi alumno, ¿lo has olvidado? Esto no tiene nada que ver con romanticismo. Tiene que ver con penitencia.
__ ¿Penitencia?
__Penitencia por los pecados. Mis pecados.
Y además lo humillé al ver su departamento.
Gaby esta vez fue ella la que resopló.
__Realmente te has quedado en la edad media. ¿Se puede saber de qué pecado  me hablas que hayas cometido contra Pedro? ¿Aparte de comportarte como un idiota? Si ni siquiera lo conoces…

__En un sueño me desperté y lo encontré a mi lado  y quise saciar el insaciable deseo que nunca ato  pues no le puedes decir al pecado  no sea pecado  ni a tu piel desnuda que renuncie mi dulce trato. Siente mi aliento, mis dedos, la boca en tu cuello  mordiendo puntos exactos que prenden en el cuerpo   una descarga estática que pone de punta el vello  desde los pies hasta la nuca en el mismo tiempo.
Lo beso, me besa, su pecho palpita, sus ojos desean  buscando la llama que grata corre por mis venas,  un fuego tan intenso que los griegos jamás vieran,   sí…  en todo cariño compro al castigo que condena. En tu piel posees las letras, en tu mirada un poema  y cada roce que servía cumplía su cálida entrega  si en el encuentro sabe dar en donde más quema,  allá por el que tanto incendio  doblega de agrado. Queriendo bailar en esa hoguera la noche entera  apreciando en las yemas  las cenizas que quedan  y cual fénix las revivo como nunca nadie hiciera si a más ver arder solo deseo hacer que sucedan.
Pues no me vería en otro infierno que no ardiera  que por ese que encierra tu espalda y me corteja  en una concisa paz que pide guerra a mi cadera  dando otro instante esperado sin ninguna queja. En el que tus pupilas aún abiertas todo cuentan y en su brillo puedo leer más de lo que expresan,  en cada parpadeo veo cuánto tanto se calientan  y sus nalgas de rodillas en capilla se confiesan.  Más del instante sumiso tanta culpa me ruegas  que pago con palabra, el hecho que aquí prueba  todo lo que puedo llegar a dar si el vicio alegas  o mi alma es consciente de la tuya tan manceba. ¿Qué haces experto de la calma entre mis piernas  si en tal conjunto de amor sirve en su propuesta  y esa galerna que se desata simple la gobiernas  cuando estás junto a tanto bravío mar expuesto? Pues poco le importa todo si bien sube la marea   si bajo el agua sabe que de la llama es  dueño  como de ese canto en el que un orgasmo tararea  y blasfema de tal palabra las noches que sueña. ¿Qué amolda en su norma, perdiendo las formas que deseadas aportan, lo que las horas acortan en ellas me informas que de poco te conformas  pero mis dedos ante ti como locos se comportan?  Me desperté, lo toqué  y pronto supe lo que hacer  estallar, gemir, vibrar su piel, ¡vamos! ver arder,   sí hasta los dioses dicen ser dios del placer  al que puede entregar al morder el más tierno roce. De besar, tocar, lamer cada parte que de tu ser,  del instante de pasión que desatas al conceder valorar, poseer tu alma y mi pecado   coser a él,  para todo eso que aquí pase tenga que suceder. Y el sol no sea lo primero que veas al amanecer  sintiéndolo todo como esa primera vez que ves  en la que un roce podía prender por complacer  el saciar, el deber con grato saber del que sirves. Del que ansías pretender, al alcance de un tener  por el que solo quieres ver degustándote la piel,   sí poesía es lo que sientes y lo quieres mantener  al yacer en mi colmena colmándome con tu miel.
__ ¿Estás hablando de lo que sientes por Pedro o es una de tus obras? _Preguntó Gaby con los ojos como platos __. ¿Es ese tu pecado?

Guillermo volvió a ponerse los anteojos y se removió incómodo en el asiento. Su miembro no paraba de dar brincos solo de pensar en todo lo dicho…  hecho con Pedro Beggio y unido a pecado en la misma frase. Los dos juntos en la misma habitación. Sin ropa. Quizás él solo con…

__ ¿Guillermo? Estoy esperando.
__No tengo que confesarte mis pecados. Solo tengo que espiarlos _respondió, arrebatándole la revista de las manos.

__ ¿Lees francés? ¿Y te interesa la moda femenina? __preguntó su hermana apretando los dientes.

Guillermo miró la revista abierta y vio la foto de una modelo top pintada y despatarrada, cubierta solo con una biquini petite. Los ojos se le abrieron. “Nada como Pedro con un bañador de ese tamaño”.
Gaby se cruzó de brazos y lo miró expectante.
__A mí no me hables en ese tono. No soy uno de tus alumnos y no pienso tolerar tus tonterías.
Suspirando, él volvió a  quitarse las gafas para frotarse los ojos.

__Lo siento __murmuró, devolviéndole la revista, no sin antes echar un último vistazo a la modelo superponiendo otra imagen, con interés puramente académico.

__ ¿Por qué estás tan tenso? ¿Problemas de mujeres o de hombres? ¿Estás saliendo ahora mismo con alguien? ¿Cuándo saliste con alguien por última vez? Y, por cierto, ¿qué significan esas fotos en tu…?
__No pienso hablar de esas cosas contigo __la interrumpió, Guillermo__. Yo no te pregunto a quién te estás tirando.

Gaby se mordió la lengua y respiró hondo.
__Voy a pasar por alto ese comentario, a pesar de que ha sido de muy mal gusto. Cuando estés de rodillas haciendo penitencia, no te olvides de añadir el pecado de envidia a los demás. Sabes que nunca he estado con nadie más que con Alberto y también sabes  que lo que hay entre nosotros es mucho más que tirarse a alguien. ¿Qué demonios te pasa?
Él murmuró una disculpa, pero no levantó la mirada. Aunque sabía que su comentario había estado fuera de lugar, había logrado su objetivo, que era que olvidara las preguntas que le había hecho. Así que, en realidad no se arrepentía.
Su hermana jugueteó con la tarjeta de visita mientras se calmaba.

__Si no te gusta Pedro, entonces es que sientes lástima por él. ¿Por qué? ¿Porque es pobre?
__No lo sé __respondió él, suspirando y negando con la cabeza.

__Pedro suele despertar el instinto protector en la gente, tiene el aspecto frágil, como de oveja perdida. Pero no te equivoques. Es un hombre fuerte con una energía para empezar y llegar a sus metas enorme. Sobrevivió a una madre alcohólica, a un padre desapegado, y a un novio que…

Guillermo se volvió hacia ella con interés.
__ ¿A un novio que…?
__Me dijiste que no querías saber nada de su vida personal y privada. Es una lástima. Si no tuvieras una relación solo profesional académica, creo que te gustaría. Creo que incluso podrían ser grandes amigos.
Sonrió mirando a su hermano para ver cómo reaccionaba, pero él volvió a bajar la vista y se frotó la barbilla, absorto en sus pensamientos.
__ ¿Quieres que le diga que la mochila y el resto son un regalo tuyo? _preguntó Gaby tamborileando con los dedos sobre la encimera.

__! Por supuesto que no! Podrían despedirme solo por eso. Alguien sacaría conclusiones equívocas y me llevarían a un tribunal académico.
__Pensaba que los profesores adjuntos tenían plaza fija.
__Eso no importa –murmuró él.

__A ver si lo he entendido. Quieres gastarte un montón de dinero en Pedro, pero no quieres que él se entere de que eres tú quien paga. Esto es un poco como Cyrano de Bergerac, ¿no crees? Ya veo que el francés te resulta más familiar de lo que pensaba.

Guillermo se levantó sin decir nada y se dirigió hacia la enorme cafetera exprés que tenía cerca de la encimera. Se concentró en el proceso algo laborioso de preparar un café perfecto y aprovechó para darle la espalda a su hermana. Ella suspiró.
__De acuerdo, quieres hacer algo por Pedro. Tú prefieres llamarlo penitencia, aunque tal vez sea simple amabilidad. Bueno, simple no. Es doble amabilidad, porque no quieres que sepa de dónde sale el dinero para que no se sienta avergonzado y en deuda contigo. Estoy impresionada. Bastante.
__Quiero que sus pétalos vuelvan a abrirse _ susurró Guillermo. O eso le pareció oír a Gaby, aunque lo descartó en seguida. No tenía sentido.

__ ¿No crees que deberías tratarlo como a una persona adulta y decirle de dónde han salido los regalos? ¿Dejar que sea él quien decida si quiere aceptarlos o no?
__Si supiera de dónde salen no los aceptaría. Me odia.

Su hermana se echó a reír.
__Pedro no es de la clase de personas que odian a los demás. Es demasiado indulgente. Si de verdad te odia, probablemente te lo mereces. Pero tienes razón. No acepta caridad. Solo en ocasiones muy especiales me deja que le compre algo.
__Dile que son regalos de Navidad atrasados o adelantados. O que son de parte de Mirna.
Ambos hermanos intercambiaron una elocuente mirada.
__Acertaste, de la única persona que Pedro aceptaba caridad, era de mamá __dijo Gaby con los ojos llenos de lágrimas__. Era como una madre para él.

Guillermo se le acercó rápidamente y la abrazó para consolarla.
En el fondo sabía que al intentar convencer a su hermana de que le comprara cosas bonitas a Pedro estaba buscando indulgencia. Comprando una bula para un pecado que aún no había cometido y presentía inevitable. Nunca le había pasado nada parecido con ningún otro hombre menos mujer, pero no quería pensar en ello, no serviría de nada.
Sabía que vivía en el infierno y lo aceptaba. No solía quejarse pero para ser sincero, tenía que admitir que deseaba escapar de allí desesperadamente. Por desgracia, no tenía a un Virgilio ni a una Beatriz que fueran a buscarlo. Sus oraciones no recibían respuesta y sus intentos de reformarse siempre se veían frustrados por una cosa u otra. Casi siempre por alguna rubia de pelo largo, por un joven de pelo alborotado, que le arañaran la piel mientras gritaban su nombre una y otra vez. Y otra. Otra.

En su actual estado de ánimo, la mejor manera que se le ocurría de gastarse el dinero manchado de sangre de su padre biológico era un ángel de ojos castaños. Un ángel que no se podía permitir un apartamento con cocina y cuyos pétalos se abrirían un poco si su mejor amiga le regalaba un traje elegante y zapatos de marca.
Guillermo quería hacer mucho más que comprarle una mochila pero nunca admitiría que lo que deseaba en realidad  era verlo sonreír.

Rincones de tu cuerpo permanecen ocultos a mis labios. Insinúas en ti el inicio de mi camino,
incitas a que abra esas puertas, que me lleven a explorar su final. A escondidas de mi boca,
tus labios ensayan  los besos para mí,  que teñirán de roja pasión mi aliento.
El aroma de tus húmedos cabellos que me llevan a perderme en tus tormentos.
Mis sentidos enloquecen de deseos al caer  rendidos a tus encantos masculinos y desespero por perder mis húmedos besos en esos rincones ocultos de tu cuerpo. Y que el fino tacto de mis labios deje en tus poros su huella latente. Está en ti, esa esencia que  me nutre de amor mezcla de fina sal, en tu sudor de pasión y adictiva miel, en tu  elixir de humedad, mi delirio total.
Se arrastrarían mis caricias por tu piel, sembrando en tus despiertos poros mis ansiosas caricias. La sal de la vida, la miel del amor son  el combo perfecto, que encuentro en tu cuerpo
y en tus rojos labios. Querría en esos instantes de amor, nacer y morir en ti mi completa locura, razón y pasión, se fundirían para ti  por siempre en un solo delirio de amor, Pedro Beggio.
 Y en medio de mi silencio, me doy cuenta que no estoy solo, que el mundo sigue, que la gente camina, corre y va. Que respiro tu mismo aire, que mi corazón late, y estamos vivos,
que mi luna y mi sol, iluminan también tus días. Y allí estás tú, en ese silencio mío, porque mi mente te paralizó en él, y te pienso y te extraño, y mis lágrimas llevan tu nombre...
Y aun así no me rindo, y mi dolor me hace más fuerte, y cobra vida mi esperanza muerta, porque mi amor será tuyo siempre. Estoy amándote en mi silencio, deseándote en mis desvelos, mi piel se eriza cuando te pienso, mi boca gime por ese encuentro.”

Mientras los hermanos discutían sobre penitencia, perdón y ridículas abominaciones que hacían las veces de mochila, Matías esperaba a Pedro en la entrada de la mayor Biblioteca del campus universitario. Aunque Pedro solo lo sospechaba, durante el corto tiempo que había pasado desde que se conocieran, Matías le había tomado mucho cariño a su compañero de clase.
Era muy sociable y tenía muchos amigos, gran parte de los cuales eran mujeres. Había salido con un montón de chicas, tanto centradas como con problemas, su última relación había llegado a su fin. Sin embargo su ruptura no había sido traumática. Nadie había salido derrapando en ningún aparcamiento ni se habían quemado fotos. Seguían siendo amigos y Matías se sentía orgulloso de haber podido mantener la amistad.
Pero ahora había conocido a Pedro, le parecía que una relación con alguien con quien compartía intereses y objetivos profesionales podía ser muy interesante y enriquecedora amén de que hacía tiempo sospechaba que deseaba a los hombres.
Matías era un chico clásico, de vieja escuela. Creía en la importancia de cortejar a alguien y le gustaba tomarse su tiempo para ello. Por eso estaba encantado de ir paso a paso con el precioso y tímido Pedro Beggio hasta conocerlo mejor. Solo cuando estuviera seguro de lo que él sentía, le expresaría sus sentimientos.
Había decidido que lo mejor sería pasar mucho tiempo a su lado, tratarlo bien. Y prestarle mucha atención. Así, si algún otro tipo aparecía y trataba de comerle terreno, él se enteraría en seguida y podría decirle que apartara sus zarpas.

Pedro lamentó no ir de compras con Gaby, pero le había prometido a Matías que pasaría el día con él en la biblioteca. Tenía que empezar a preparar su proyecto, ahora que el profesor Graziani había aceptado dirigirlo. Estaba muy motivado. Quería sorprenderlo tanto en las clases como en la propuesta, aunque sabía que ni una cosa ni la otra cara iban a ser fáciles.

__Hola _lo saludó, Matías, quitándole la mochila de la espalda y cargándosela al hombro como si no pesara nada.

__Gracias por aceptar ser mi guía. La última vez que vine por aquí me perdí. Acabé en una oscura sección de la cuarta planta,  donde no había más que mapas _recordó, Pedro, estremeciéndose.

Él se echó a reír.
__Es una biblioteca enorme. Te enseñaré la colección Dante de novena planta y luego te llevaré a mi despacho.

Le sostuvo la puerta abierta para que pasara y Pedro entró en el edificio sintiéndose un príncipe. Matías tenía unos modales exquisitos y no los usaba como un arma. Reflexionó sobre la actitud de algunas personas __que no hacía falta nombrar__, que usaban los modales para intimidar y controlar, mientras que otras _ como Matías__ los usaban para hacer que su acompañante de sintiera especial. Muy especial.

-¿Tienes un despacho aquí? __preguntó Pedro, mientras los dos enseñaban el carnet de estudiantes al guardia de seguridad sentado junto a los ascensores.

__Algo así _respondió él, aguantando la puerta del ascensor hasta que Pedro entró__. Tengo una pequeña zona de estudio junto a la sección dedicada a Dante.

__ ¿Puedes solicitar una para mí?
Él hizo una mueca.
__Están más buscadas que el oro. Es casi imposible conseguir una, sobre todo si estás en el curso de doctorado.
Al ver la expresión de incredulidad de Pedro, se apresuró a añadir.
__Personalmente, pienso que estos cursos tienen el mismo valor que los seminarios, pero no hay despachos para todo el mundo. El mío tampoco es mío, es de Graziani.

Si Pedro no se hubiera vuelto en ese momento para apretar el botón del ascensor, Matías habría captado que dejaba de respirar un instante y palidecía.
Al llegar a lo novena planta, lo guió por la colección de Dante con paciencia, mostrándole tanto las facetas primarias como las secundarias. Le gustó verlo acariciar los lomos de los libros con delicadeza, como si estuviera saludando a viejos amigos.

__Pedro, ¿no te importa si te hago una pregunta personal?
Pedro permaneció muy quieto, con la mano sobre un volumen tamaño cuartilla con la cubierta de cuero hecha jirones. Aspiró su aroma profundamente para calmarse y sonrió.
__Graziani me pidió que recogiera tu expediente de la señora Labrapoulus y…

Pedro lo miró con los ojos muy abiertos.
“Oh, no”, pensó.
Matías levantó las manos para calmarlo.
__No lo leí, no te preocupes _ dijo sonriendo__, aunque no hay nada demasiado personal en esos expedientes. Al parecer, Graziani quería encontrar algo. Pero lo que me extrañó fue lo que hizo luego.

Pedro alzó las cejas.
__Telefoneó a un catedrático del Departamento de Lenguas Románticas y de Literatura de Harvard.
__ ¿Cómo lo sabes? _ preguntó él, parpadeando ligeramente.

__Fui a llevarle unas fotocopias y lo oí hablar con él. La conversación iba sobre ti.
__ ¿Y por qué iba a hacer algo así?
__Eso precisamente quería comentarte. Le preguntó por qué no tenían becas lo suficientemente generosas para sus alumnos de doctorado. Graziani es un alumno de ese departamento, una especie de mecenas. El tipo que habló ocupaba la cátedra cuando él se doctoró.

“Mierda. Estaba comprobando si era cierto que había obtenido una plaza en Harvard. No se lo creía. Qué típico.” Cerró los ojos y se apoyó en el estante más cercano.

__No sé qué respondió el hombre, pero oí a Graziani.

Pedro mantuvo los ojos cerrados esperando que Matías remachara el clavo. Solo esperaba que lo hiciera rápido y, a ser posible, que no se lo clavara en el pie.
__No sabía que hubieses conseguido una plaza en Harvard, Pedro. Es impresionante. Yo también lo intenté y no la conseguí. Graziani le pidió que le confirmara si habías sido admitido y luego le preguntó en qué posición habías quedado.
__Por supuesto _murmuró él__. Vengo de un pueblito de una ciudad del interior. Fui a una universidad jesuita con unos siete mil alumnos. ¿Cómo iba a entrar a Harvard?

Matías frunció el ceño.
“Pobre Pedro, ese cabrón  le tiene la moral comida. Debería darle la patada que se merece y luego volver a trabajar para él como si no hubiera pasado nada…”

__ ¿Qué tienen de malo las universidades católicas? Yo también me licencié en una, y mi educción no tiene nada que envidiar a la de otros. Tenían a un especialista en Dante en el Departamento de Lengua y a un especialista en Florencia en el de historia.
Pedro asintió como si le estuviese prestando atención.
__Escúchame, aún no he acabado. El caso es que Mateo trató de convencerlo de que te envíe  a Harvard para hacer el doctorado cuando acabes el curso. Dijo que estabas entre los alumnos con mejor nota y, considerando la fuente, es muy buena noticia. Piensa que yo me presenté y me rechazaron _reconoció de nuevo Matías, sonriendo sin ganas, no sabiendo cómo reaccionaría Pedro__. Así que si no es demasiado personal ¿por qué no fuiste a Harvard?

__No quería venir acá _ susurró, Pedro como si se sintiera culpable_. Sabía que me lo encontraría. Pero no me quedó otro remedio. En Chile, me endeudé mucho con préstamos estudiantiles. Debo varios miles de dólares y no podía seguir endeudándome para ir a Harvard. Así que decidí hacer el curso aquí y volver a solicitar una beca más generosa para el curso que viene. Si  me la conceden, podré ir sin tener que pedir más dinero.

Matías asintió con la cabeza. Mientras Pedro volvía a concentrarse en examinar los libros que tenía delante, él lo observó. Al parecer, no se había dado cuenta de lo que acababa de confesar. Lo que había dicho sin darse cuenta era mucho más revelador que la razón por la que supuestamente no se había ido a Harvard.
Mientras Pedro abría y cerraba los polvorientos volúmenes, con los ojos muy abiertos y una sonrisa en sus deliciosos labios. Matías se dio cuenta de que era como un animalito asustado en medio de un prado o una carretera aunque también le recordaba a “El conejo de terciopelo”.

Matías no lo reconocería nunca, y si alguien se lo preguntaba, mentiría mirando a los ojos del interlocutor y juraría que no sabía de qué le estaban hablando, pero ese era uno de los cuentos favoritos de  su exnovia. Al comienzo de su relación ella le había pedido que lo leyera para  poder entenderla mejor. Y Matías, se lo había leído a escondidas, porque creía amarla.
Y aunque no lo reconocería, le había encantado.
Al mirar a Pedro, tuvo la sensación de que estaba esperando desesperadamente convertirse en un ser real. Y también que alguien lo amara. Pero la larga espera se había cobrado su precio. No en su aspecto físico, que era muy atractivo __aunque para gusto de Matías demasiado pálido y delgado, algo que una buena ración de comida solucionaría rápidamente__, sino en su alma, que era bonita, pero como la veía reflejada en su mirada,  triste y atormentada.

Él nunca se había parado a pensar en el tema del alma hasta conocerlo. Pero ahora, era un creyente fervoroso. Esperaba que algún día,  consiguiera lo que deseaba, que alguien lo amara para que dejara de estar asustado y se convirtiera en otra cosa. En alguien más valiente. Y más feliz.
Pensando en que había dejado volar demasiado la imaginación con libros infantiles, sonrió, decidido a distraerlo de sus problemas.

Lo guió hasta la puerta y le mostró la placa de latón donde, en elegante letra cursiva, había escrito: profesor G. Graziani, Departamento de Estudios Italianos.
Pedro se fijó que ninguna de las otras puertas tenía placa. Y se fijó también que Matías había puesto una tarjeta debajo de la placa. Se imaginó a El Profesor, viéndolo y arrancándolo malhumorado. Al leer el nombre completo de su amigo vio que su segundo nombre comenzaba con V. Matías V. Olazábal.

__ ¿Qué significa V.? __le preguntó.

__ No me gusta demasiado mi segundo nombre _respondió.

__A mí tampoco me gusta el mío. Si no quieres decírmelo está todo bien _dijo Pedro sonriendo, antes de volverse hacia la puerta cerrada.
__Te reirías.
__Lo dudo. No me siento particularmente orgulloso de mi apellido siquiera.
Matías suspiró.
__ ¿Me prometes no decírselo a nadie?
__Por supuesto. Y yo te diré el mío: Heleno.
__Es un nombre precioso. __Matías cerró los ojos e inspiró hondo. Luego esperó. Cuando no pudo más y los pulmones le estaban pidiendo a gritos oxígeno, soltó el aire rápidamente, diciendo__: Virgilio.

__ ¿Virgilio? _ repitió, Pedro, mirándolo con incredulidad.

__Sí. __Matías abrió los ojos temiendo que él empezara a reírse, pero otra cosa pensaba Pedro, si Guillermo era su Dante, y Matías trabajaba para él, ¿sería su Virgilio, lo sacaría del infierno para llevarlo donde él?

__ ¿Estás estudiando para especializarte en Dante y tu segundo nombre es Virgilio? ¿Me tomas el pelo? Matías, ¿crees en la reencarnación y en otras vidas?
__No lo creo. Es un nombre común en mi familia, solo eso. Mi bisabuelo se llamaba así y te aseguro que nunca leyó a Dante.
Pedro le dedicó una sonrisa.

__Pues me parece un nombre precioso. Es un gran honor llevar el nombre del noble poeta.
__Sí, lo mismo que el de Heleno, que supongo será por Helena de Troya _añadió mirándolo con dulzura y admiración.

Pedro apartó la vista y Matías carraspeó para aligerar la tensión que se había creado.
__Graziani nunca usa este despacho, solo viene de vez en cuando a dejarme cosas. Pero es suyo, él paga la factura.
__ ¿Son de pago?
Él asintió con la cabeza y abrió la puerta.
__Sí, pero lo valen. Tienen calefacción, aire acondicionado y acceso a internet. Además se pueden cerrar con llave, por lo que son muy prácticos para dejar libros que estás usando sin tener que devolverlos cada día. Cualquier material que necesites, incluso si es material de referencia, del que no se puede sacar de la biblioteca, puedes guardarlo aquí cuando quieras.

Pedro miró el cuarto pequeño pero cómodo como si fuera la tierra prometida. Abrió mucho los ojos al ver el espacio de trabajo con la mesa empotrada, las cómodas sillas y estanterías que iban desde el suelo hasta el techo. A través de una ventanita, se veía parte de la ciudad. Se preguntó cuánto costaría vivir allí. Sería mucho mejor que su agujero de hobbit, no apto ni para un perro.

__De hecho _ siguió diciendo Matías mientras retiraba unos papeles__, puedes usar este estante. Y te dejaré mi llave de repuesto.

Tomó la llave y escribió un número en un trozo de papel.
__Este es el número de despacho. Por si te cuesta encontrarlo al principio, y esta es la llave.
Pedro se lo quedó mirándolo con la boca abierta.
__No puedo aceptarla _ reconoció finalmente__. Me odia. No le gustará verme por aquí.

__Que se joda.

Esta vez fueron los ojos de Pedro los que se quedaron sorprendidos.
__Perdón _dijo Matías__. Normalmente no digo improperios.

Pedro asintió, aunque no había sido su lenguaje lo que lo había sorprendido.
__Graziani no viene por este despacho casi nunca. Puedes dejar  tus cosas tranquilamente, pensará que son mías. Si no quieres encontrártelo, no hace falta que trabajes aquí, pásate de vez en cuando, yo suelo venir a menudo. Si te ve, supondrá que estamos trabajando juntos. O algo así.

Sonrió con timidez. Le estaba dando la clave de lo que buscaba en su relación con él. Quería que se vieran con frecuencia. Quería ver sus cosas en su estante. Quería trabajar y estudiar a su lado…
Pero Pedro no quería que le diera las claves ni las llaves.
__Por favor __insistió Matías, tomándole la mano y abriéndole los dedos con delicadeza.

Al notar que dudaba, le acarició el dorso de la mano con el pulgar para tranquilizarlo. Tras ponerle la llave y la nota en la mano, volvió a cerrarle los dedos con cuidado de no hacerle daño. Sabía que  ya Graziani se había ocupado de eso.
“Lo real no es algo que te venga dado. Es algo que te pasa. Y ahora mismo necesitas que te pasen cosas buenas.”
Pedro se sobresaltó al oírlo, Matías no podía saber lo ciertas que eran sus palabras.
“¿Está citando un cuento infantil? Imposible.”

Al volver la cara hacia él, vio que sus ojos transparentes eran cálidos y amables. No había en ellos nada grosero ni calculador. Nada turbio ni agresivo.  Tal vez, sencillamente le gustaba. O sentía lástima por él. Fueran cuales fuesen sus auténticas intenciones, en ese momento, Pedro decidió creer que el universo no era un lugar completamente oscuro y decepcionante, que siempre quedaban rincones luminosos con vestigios de bondad y de virtud, y aceptó la llave con la cabeza baja.
__No llores. __Matías alargó una mano para recoger una lágrima que había caído, pero lo pensó mejor y dejó caer el brazo a un lado.

Pedro se volvió, avergonzado por la intensidad de las emociones que le estaba provocando algo tan inocente como una llave o un cuento infantil. Al mirar a su alrededor buscando desesperadamente algo con lo que distraerse, vio un CD, en un estante y lo tomó, era el Réquiem de Mozart.
__ ¿Te gusta Mozart? _preguntó, volviendo la caja para leer el dorso.

Matías apartó la vista.
Sorprendido, Pedro alargó el brazo para devolverlo a su sitio, pensando que lo había molestado al tocar sus objetos personales.
__No, no pasa nada, puedes mirarlo si quieres. Pero no es mío, es de Graziani.
Una vez más. Pedro sintió un escalofrío y notó que le daba vueltas la cabeza.
Al darse cuenta de su reacción, Matías empezó a hablar muy de prisa.
__No se lo digas a nadie. Se lo robé.
Pedro levantó la mirada.
__Lo sé, es horrible. Pero es que ponía el mismo tema una y otra vez y otra en su despacho mientras yo catalogaba su biblioteca personal. “Lacrimosa, jodida lacrimosa”. ¡No podía más! Es deprimente. Así que robé el CD y lo traje aquí. Problema resuelto.

Pedro cerró los ojos y se echó a reír con ganas, aunque le dolía el corazón y latía como si deseara escapar del pecho e ir a Guillermo.

__Pues no lo has escondido demasiado bien. Yo lo he encontrado en treinta segundos _dijo, ofreciéndoselo.

__ ¿Por qué no lo guardas tú en tu casa? __propuso.

Pedro se puso tenso y dio un paso atrás.
Matías lo vio agachar la cabeza y morderse el labio inferior y se preguntó qué había hecho mal. ¿Estaba preocupado por si Graziani encontraba el CD en su casa?
_ ¿Pedro? Lo siento _se disculpó en voz baja, sin hacer ningún movimiento__. ¿Qué he hecho mal?

__No, no. Nada _lo tranquilizó, mirándolo nervioso y dejando el CD en su sitio__. Me encanta el Réquiem de Mozart y “La lacrimosa” también es mi parte favorita. No sabía que a él también le gustaba… Me ha sorprendido.

__Tómalo prestado. __Matías se lo volvió a dar__. Si Graziani pregunta, le diré que lo tengo en mi casa. Llévatelo el fin de semana, lo cargas en tu iPod y lo devuelves el lunes.

Pedro se quedó mirando el CD.
__No sé…
__Hace una semana que lo tengo y no ha preguntado por él. Tal vez esté de mejor humor. Empezó a escucharlo cuando regresó del viaje. No sé por qué.
Impulsivamente, Pedro se lo guardó en su mochila.
__Gracias.
__Por ti lo que sea, Pedro _replicó él, sonriendo.

Habría querido darle la mano, o la menos apretársela durante un instante, pero era asustadizo, y se reprimió, se mantuvo a distancia mientras volvían al pasillo y le seguía enseñando la biblioteca.

_El festival de cine es este fin de semana. Tengo una entrada doble para ver varias películas el sábado. ¿Te gustaría acompañarme? _le propuso, tratando de no parecer nervioso mientras se acercaban a los ascensores.

_ ¿Qué películas?
__Una es italiana y otra es alemana. Yo prefiero el cine europeo –reconoció con una tímida sonrisa__, aunque podría cambiarlas por otras entradas para ver algo local…

Pedro negó con la cabeza.
__A mí también me gustan las películas europeas. Siempre y cuando estén subtituladas. Tengo escasas nociones de francés y de alemán…  solo conozco palabrotas.
__ ¿Sabes palabrotas en alemán? _le preguntó con una sonrisa traviesa __. ¿Cómo es eso?

__En la universidad, vivía en la residencia internacional y uno de los estudiantes de intercambio era de Berlín. Siempre estaba diciendo palabrotas. Al final de aquel curso, todos los alumnos decían palabrotas en alemán.
Matías era alumno de doctorado, así que lo más probable era que hubiese estudiado francés y alemán. Probablemente se burlaba de su falta de conocimientos, como había hecho Sonia en su primer seminario. Esperó en tensión un comentario burlón, pero no llegó.

__Mi alemán es espantoso. Tal vez podrías enseñarme unas cuantas palabrotas. Sería una gran mejora.
__ ¿Por qué no? Me encantará acompañarte al cine el sábado. Gracias por invitarme.
__De nada.

Matías estaba muy contento. El encantador Pedro Beggio lo acompañaría al festival de cine y después irían a cenar, todavía no lo había llevado nunca a su restaurante hindú favorito. Aunque también podrían ir esa misma noche y después del cine a otro. Y luego lo llevaría a las galerías de arte el siguiente fin de semana, y al teatro Colón.
Mientras seguían la visita, Matías recordó que debía ser muy paciente. Y muy cauteloso cada vez que alargara la mano para ofrecerle una zanahoria. Si no, se asustaría y no tendría oportunidad de ayudarlo a convertirse en ser real.

A la mañana siguiente, Pedro estaba sentado en su estrecha cama trabajando en su propuesta de proyecto con su viejo ordenador portátil y escuchando a Mozart. Los gustos musicales del profesor lo sorprendían bastante. ¿Cómo podía gustar aquella música a alguien que escuchaba a los Nine Inch Nails? ¿Habría escuchado el Réquiem solo como homenaje a Mirna? ¿O tendría alguna otra razón para torturarse con la misma pieza deprimente una y otra vez?
Cerró los ojos y se concentró en las palabras de “La Lacrimosa”, cantada a todo pulmón por el coro, en latín:
 Día de llanto,
en el que de las cenizas resurgirá el culpable para ser juzgado.
Ten piedad, Oh, Dios, de ese hombre.
Ten piedad, Oh, Señor de él.
Señor Jesús, tú que tienes piedad de todos,
otórgale el descanso eterno.
Compasivo Señor Jesús,
otórgale el descanso.
Amén.

“No tengo lo que usted merece y estoy muy lejos de tenerlo, pero tengo un corazón
íntegro, exclusivo, completo, que quisiera dedicárselo  para que realice sus sueños.
¡Por si yo me encuentro en ellos!
No tengo lo que usted merece pero puedo prometerle que hasta mi último latido
me dedicaré a enamorarle, a procurar que su risa se vuelva un hábito frecuente, porque ver su rostro de alegría será cada día mi mayor aliciente. No tengo lo que usted merece pero no me doy por vencido. Cuando un amor vale la pena, cuando le sobran razones, cuando cada mirar otorga infinidad de motivos, vale la pena morir en la raya hasta haberlo conseguido. No tengo lo que usted merece pero el amor que le tengo, los insomnios que le brindo, es obligado por este corazón al cual mantiene usted cautivo hasta mi última gota de sudor  y  hasta su último latido, hasta poder sincronizar su sueño eterno con el mío. No tengo lo que usted merece
porque mis ojos descubrieron que sus besos no tienen precio, que su mirada no tiene comparación, que las caricias de sus manos, que sus te quiero, sus te amo, son tan lejanos como el sol, pero la osadía de amarlo tanto no lo dejará en solo intención.
No tengo lo que usted merece pero si su decisión me favorece, si me da la oportunidad  de ser yo quien lo pueda amar, desde mi cabeza hasta mis pies, desde lo que siento hasta el último de mis pensamientos solo serán para usted porque a su vida yo me debo. No tengo lo que usted merece pero a la hora de amar yo no suelo escatimar, y si de algo puedo presumir,  si de algo puedo jactarme, es que así como yo le amo, como lo necesito, como lo extraño jamás nadie podrá amarle.
Decídete. Si pretendes que suceda necesito una señal, una chispa que me encienda, que me haga zozobrar, de este gélido glaciar de modorra y desatino sobre témpano divino como nave sideral. No preciso ser valiente pues me sobran las razones y sus causas y opciones bien pensadas, responsables; no preciso ser afable, voy buscando el destino con el ímpetu y el tino de mi suerte de indomable. Para aceptar este reto, no respondas, solo asiente, ten a punto la simiente y la práctica, el semblante. Que se enteren por doquier: Aquí hay buenas intenciones, hay palabra, decisiones, felicidad redundante”.


“¿Qué problema tienes Guillermo que necesitas escucharlo una y otra vez? ¿Y yo? ¿Por qué me siento más cerca de ti oyendo esta música? Lo único que he hecho es sustituir tu foto por el CD. Estoy enfermo. Menos mal que, al menos, no duermo con el CD debajo de la almohada.”

CONTINUARÁ.
HECHOS Y PERSONAJES SON FICTICIOS.
CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA.
LENGUAJE ADULTO. ESCENAS EXPLÍCITAS.

miércoles, 3 de julio de 2019

SIGNIFICAR CAPÍTULO DIECISIETE. PENÚLTIMO CAPÍTULO.


SIGNIFICAR
CAPÍTULO DIECISIETE.

 PENÚLTIMO CAPÍTULO.


__ Me cambiaste la vida precioso, aunque lamento haberte herido en el choque, me doy cuenta de cuánto necesitaba conocerte, y no existen las casualidades.
__ No quiero presionarte  ni lo haré, comprendo que aunque ese matrimonio terminó necesitarás tiempo, no quiero cortar tus alas, ni que pases de una cama a la otra si no puedes o no quieres, mas yo siempre estaré aquí, esperándote, estaré para ti Guille. Gracias a ti entendí por qué andaba solo por la vida, mi esencia, lo que amo, y solo eres tú _ afirma embargado de emoción, Pedro.

“De nadie nunca seré, solo de ti,
hasta que mis huesos se vuelvan cenizas,
y mi corazón deje de latir”. Pablo Neruda.

El mar es un azar, por eso la vida se le compara tan a menudo. La ola levanta a Guillermo en su cresta de espuma y arena, lo  sume en su puño y lo engulle en el agua salada y revuelta. Él nada durante varios días solo para mantenerse a flote, incierto de si logrará sobrevivir y arribar a la inexplorada costa.

“Caminaba con la seguridad de quién sabe qué es lo que va a hacer y que tendrá éxito. Casi di mi nariz contra el muro que frenó mi avance, y estando ahí, a centímetros de esta barrera, me concentré en contemplar su amplitud. Elevé mis ojos al cielo y la muralla seccionaba este en dos. Mirando hacia arriba era como que la muralla se adentraba en el cielo y no que el cielo la dominaba. Extendí mis brazos abiertos sobre los ladrillos que impedían mi avance y miré a los lados. El muro cortaba al mundo en dos, atravesando el oriente y el poniente, dejándome a mí de este lado. Sentí el sonido de los constructores que seguían haciendo la defensa más y más alta y ancha e inexpugnable. No los veía pero adivinaba su frenética labor en la altura.
Volví a mi espacio, a la altura de mis ojos e inspeccioné un poco esta maravilla frente a mí, maravilla de ladrillos cocidos, estuco y argamasa, y supe que mi labor sería ardua pero no me resigné. Los guardias en las torres solo me miraban, supongo que en la curiosidad de este solitario hombre que lejos estaría de ser una amenaza. Me retiré un poco, retrocedí para reflexionar en el fenómeno amurallado y ¡qué sorpresa! La inmensidad frente a mi nariz ahora solo era una mancha, una insignificancia en medio de la extensión y recordé la perspectiva y el punto de vista.
Regresé día a día a la proximidad de la muralla y la toqué y la aprendí de memoria. Comprobé la perfección de la trama y sí… parecía imposible derrumbarla. Saqué de mi alforja unas astillas que había juntado por el camino en estos años de vagar por diferentes situaciones y elegí la de cedro, me pareció apropiado y la apoyé sobre la argamasa entre ladrillo y ladrillo y comencé a raspar. Nuevamente al otro día y al otro. Al principio los atalayas me prestaban atención pero luego se mofaron y me creyeron loco, pero yo también los perdí de vista con el tiempo, solo me dedicaba a lo mío. Cuando retiré toda la argamasa del primer ladrillo, este cedió casi sin forzarlo, lo tomé en mis manos y lo contemplé cuidadosamente y a mis ojos resultó más valioso que manzanas de oro en bandeja real. Lo coloqué con cuidado en su sitio y me retiré hasta el siguiente día. Cambié la astilla por la de nogal y luego la de roble y la de olivo. Uno a uno los ladrillos se soltaban y los volvía a su sitio. Varios meses en la faena diaria de remover y colocar, mientras la construcción seguía en las alturas.
El día por fin llegó en que retiré el último ladrillo. Había terminado la faena prescripta por mí para esa muralla y me alejé y descansé y la miraba con fijeza y ambición. Ya no volví a las cercanías de la misma, solo veía la noche transformarse en día para regresar a la oscuridad y el fenómeno de la gran muralla de ladrillos cocidos perfectamente superpuestos para evitar cualquier ataque. Todo llega y el día de la muralla también. Tras las puertas de la fortificación, el ejército entrenaba para repeler un ataque y las tropas, a paso de guerra, producían un temblor que llegaba hasta mis pies parados sobre la árida llanura a cierta distancia. Escuché el sonido, el resquebrajamiento y la pequeña grieta de ladrillos liberados de la argamasa comenzaron a caer y los de al lado se unieron y así se fue derrumbando la muralla todo en derredor mientras la gritería en su interior confundía al ejercito todo, que al verse expuesto, huyó sin percibir que no había enemigo, ni acecho, ni dolor, ni aflicción. Solo un hombre con sus astillas que supo debilitar la muralla hasta que cayó.
Entré a la ciudad y sentí lástima de ella y con los mismísimos ladrillos de la muralla me puse a edificar casas y cavé pozos de agua fresca e invité a los que pasaban, a entrar y a tomar posesión de las casas y a vivir en paz. La llamé: “ciudad libre” y me regocijé por ella, por su nuevo espíritu y no pude quedarme aunque quería. Seguramente habría más murallas por ahí y recordé también el juramento de derribarlas, como un día habían hecho con la de mi ciudad, la mía. No miré atrás pero supe que algo buenos había hecho y la algarabía tras de mí solo confirmaba el asunto.
Las murallas son como voluntades o las voluntades son como murallas. Creemos que nos protegen, pero por lo general solo nos mantienen atrapados en un lugar que juzgamos seguro a cierta distancia de la felicidad”.

Los rostros angustiados en el barrio, los consuelos de Pedro le sirven como maderos de los que  se aferra en el mar agitado.
Después de evaluar la situación su médico de cabecera ha puesto en movimiento sus contactos. José Miller y otro amigo dueño de una cadena de televisión, se encargan  de que los medios de comunicación difundan la noticia de la epidemia y la desidia de las autoridades. Tras el escándalo, llegan del nivel central  del ministerio,  médicos y suministros de medicinas. Los camiones pasan fumigando, brigadas de jóvenes visitan las casas para asegurar que no hay aguas estancadas y desinfectar recipientes  para eliminar los criaderos de mosquitos.
Guillermo se convierte en una presencia activa en las casas infestadas. Se asegura de que las autoridades realicen el censo de enfermos y distribuyan el tratamiento preventivo entre los que aún están sanos. Se ocupa también de que los que se recuperan reciban la primaquina para aniquilar el parásito que, tras la enfermedad, se aloja en el hígado de los pacientes. Infatigable de la mañana a la noche, evade pensar en el derrumbe de su matrimonio. Fabián aún ignora lo sucedido. Guillermo le ha puesto un correo pidiéndole que llegue el siguiente fin de semana de su misión humanitaria. Su plan es que Juan y él, sea juntos, ya sea cada uno por su lado, le notifiquen de lo que sucede.
En zapatillas, vestido con jeans y remera  ha visitado un sinnúmero de casas del barrio. Ha  laborado incesante asistiendo a los médicos jóvenes, internos y residentes, que llegan desorientados, acatando órdenes superiores vagas y displicentes. Las tareas que ha debido ejecutar en esos días son más perentorias que replantearse la existencia.
Le impresionan las limitaciones, la ignorancia, y las supersticiones que dificultan el trabajo de la ciencia, la resignación  que deja en las manos de un Dios invisible la vida y la muerte. Le tocan la piel las miradas desconfiadas y contiene el rechazo y lástima que le producen los trastos renegridos por el hollín,  los olores a zapatos y cobijas raídas, las gallinas paseándose a veces en la sala, los perros flacos alimentados de magras sobras, que le huelen los pantalones y le meten el hocico sin pudor entre las piernas. Le cuesta  creer que la gente que carece de todo le ofrezca sin dudar, el jugo de sus pocas naranjas, una ración de arroz, una tortilla caliente. Come de platos plásticos llenos de rayones, bebe de vasos que no son más que envases de vidrio de dulces, encurtidos, lavados y vueltos a relavar. Sabe que rechazar la comida a los pobres equivale a ofenderlos.
De intentar sonar campechano cuando les habla pasa a oírlos y conocerlos por nombre. La gente le cuenta sus historias con desparpajo y humor característicos de una idiosincrasia que rehúye el drama pero no omite detalle cuando se trata de narrar dolencias y recomendar remedios. Le sobrecoge oír de los trabajos que han pasado quienes del campo se han mudado a la ciudad, el empeño que deben utilizar para ganarse la vida contra viento y marea, contra hombres abusivos y patrones explotadores. Guillermo recuerda las novelas rusas que leyó en su adolescencia, las penurias de quienes sufrían un sistema feudal. Le apena comprobar que a pesar de mostrar valentía para la adversidad, parecen resignados a su destino, como si el fracaso hubiese marcado para ellos el fin de toda esperanza, apenas  una mujer le habla con entusiasmo de perspectivas de un negocio de ropa y comida, de la hija que estudia inglés y contabilidad y de cuánto despreciaba al gobierno que se olvidaba de ellos.
 Las familias se ayudan, las abuelas como doña Bea cuidan de sus nietos, los jóvenes juegan fútbol en las calles de tierra, se habla de las telenovelas. La chica del salón de belleza, que ha enfermado cuenta chismes de amoríos.  Las sonrisas, el afecto, el aprecio que cada vez con mayor efusividad le prodigan, hacen que Guillermo pierda el prurito de haberse tomado a pecho su papel de doctor empírico. Por las noches, no pierde tiempo en su casa: refresca sus conocimientos de primeros auxilios, retoma los libros para intentar un examen de ingreso, se imagina obteniendo recursos para abrir un centro de asistencia de primer nivel, con cursos sencillos sobre nutrición, primeros auxilios, vacunación, prevención, cuidado de bebés, lactancia materna.

Pedro tiene el trabajo atrasado de su enfermedad por entregar pero es su intención luego unírsele en sus proyectos.
Y recuerda su declaración, simple, honesta, sin rebusques, un simple “me enamoré de vos” que le causa un estremecimiento como la intensidad que vibra en el aire de su mirada y le transmite todo lo que las palabras callan.
Guillermo comparte con él su azoro por la vida de que algunos todo y a otros nada. No es la vida la que lo hace, le dice él, somos responsables. Es un asunto de cucharaditas, le dice y le cuenta de Amos Oz, el escritor israelí y su Orden de la Cucharita.

__Amos Oz escribió un libro _. Cómo curar un fanático. Lo saca de un estante en su habitación y lo lee__. Como imaginas nadie como ellos, los palestinos, Oriente Próximo para conocerlos.

“Yo creo que si una persona está mirando una enorme calamidad, digamos que una conflagración, un incendio, siempre hay tres opciones:

_Huir tan lejos y tan rápido como sea posible.
__Exigir que los responsables sean removidos de sus cargos.
__Agarrar un balde de agua y tirarlo al fuego y si no hay balde, buscar un vaso, y si no lo hay buscar una cuchara y si no una cucharita.  Todo el mundo tiene cucharas o cucharitas.  No importa qué tan grande sea el fuego, hay millones de nosotros y cada uno de nosotros tiene  una cucharita que puede usarla para apagar el fuego.
Y sigue diciendo Oz que a él le gustaría establece la Orden de loa Cucharita.
Las personas que comparten mi actitud, no la de huir o exigir que otros se hagan responsables, sino la de la cucharita, querría que llevaran prendida en el pecho una cucharita que los identifique como miembros de la Orden de la Cucharita y así todos los demás sepamos quiénes estamos en la misma hermandad, en el mismo movimiento de hacer algo para apagar los fuegos del mundo”.
Busca en la mesa de la cocina una cucharita y se la da.

__Yo amor te otorgo la Orden de la Cucharita __le dice.         

Guillermo se emociona. Aún muchos años después, recordará ese mediodía caluroso y la cucharita que tomó en sus manos, como el preciso instante en que se enamoró de Pedro.
__Era de esperar que Juan se marchara cuando él lo  pone al tanto de lo sucedido _dice Pedro__. Él te es infiel, pero aun así a  nadie le gusta enterarse que su pareja de años tiene un amante. En Europa y otras culturas, tal vez, pero en nuestro país el sentido del honor no tolera esas confesiones, el mismo mal entendido machismo.

Ayer conversé con un amigo de la juventud que hacía años que no nos veíamos y me contaba sobre una mujer que él amaba, pero que el mismo provocó la separación y no sabía cómo volver el tiempo atrás. Yo le di mi consejo pero sabemos que todos hemos pasado por estos momentos desagradables donde perdemos un gran amor.
A ti amor que te encontré por azar en la vida, cuando menos lo esperaba,  llegaste alumbrando mis días oscuros y abrazando mis noches de soledad, ocupando un espacio inmenso en las entrañas más profundas de mi corazón moribundo por heridas de recuerdos en el tiempo. Llegaste sin darme cuenta, sin pensar que llenarías de colores mi existencia,
amándonos en esa alcoba donde preferíamos ser prisioneros del deseo más placentero, donde nos confundíamos de piel por el roce tan pasional de nuestros cuerpos.
Besos que anidaban en la locura irracional de nuestras mentes,  caricias que volaban hacia el infinito del cielo derramando en nosotros sus tentaciones de perdernos sin rumbo,  sin destino,  solo pensando en erupciones los instintos inimaginables de seducirnos.
Miradas que penetraban en los recónditos misterios que guardaban como un tesoro los enigmáticos pensamientos de la mente, cuando llegábamos al límite final de un sentir indescriptible que nos opaca la cordura y nos ciega por un momento.
Solo palabras a medias dándole paso a gemidos involuntarios,  que naufragaban en un mar de pasiones donde nos ahogaba ese olor aromático a divinidad, donde los suspiros derrotaban nuestras fuerzas haciéndonos caer exhaustos en aquel lecho de amor. Cómo olvidar esos momentos al cual nos hicimos adicto, no puedo perderte, tan solo una palabra  no basta para romper ese hechizo hermoso que un día juramos defender para toda la vida,
quizá se interponga  la misma vida por querer entenderla y no vivirla, y así se esfume la pasión  sin saber cómo, pero no seremos culpables del fin sin adiós de un amor puro y hermoso,  nunca dudes de entregarte al amor sin pensar en lo que nos depara el futuro,
amar es entregarte sin miedos a las redes de un corazón por siempre, lucha por encontrar ese amor y cuando lo tengas entre tus brazos cuídalo hasta que Dios los separe.
__Shh, no lo digas, aun más allá nos seguiremos amando.
__

Deciden acompañar a Miller al comedor comunitario donde también ellos comparten una cena, por fin el fiscal conoce  a  Pedro que se mueve con soltura entre todos. En un momento se detiene  a charlar con un joven y Guillermo desde el mesón donde compartía con Miller los observa con ojos tempestuosos.

__Siéntate, lo invita Miller  mientras acomoda el pan en una canasta__. Quita esa cara, si los celos matasen, ya estarían todos los hombres muertos, Guille, Pedro no es Juan.

Guillermo adopta una actitud tensa hasta que la mirada amable del amigo lo somete. Apoya los antebrazos sobre la mesa, entrelaza los dedos y baja la cabeza.
__Perdóname, hermano. No sé qué me pasa con él, no soy así, no fui así con Juan. No puedo controlarlo.
__No seas tan melodramático. Es lógico. Es tu hombre, y estás más loco por él de lo que aún asumes. La parte animal que tenemos nos domina.
__Es más que estar loco por él, lo cual es cierto. Es mío, José. ¿Lo entiendes? Nunca antes pasó. Pedro es solo mío. Es lo único que siento realmente mío en este mundo. Pero a veces…
__Te gustaría saber que tú eres lo único que Pedro siente suyo en este mundo, ¿verdad? Que tú eres lo primero y lo último.
La sabiduría de su amigo lo dejaba sin habla. Era más joven que él, y sin embargo tenía un talento… ver lo oculto, lo que revoloteaba en la mente y el alma, y que no se podía explicar. José lo desmenuzaba y lo transformaba en frases sólidas, coherentes, que dilucidaban, lo que hasta un momento atrás era inextricable.
__Sí _ admite__. A veces él me parece inalcanzable.

__Has sido tú el que lo ha puesto allí arriba. Te castigas por el fracaso de años de matrimonio y quizá por algún otro demonio que desconozco, y como sea te reprimes para ser feliz. Te mientes diciéndote que Pedro no te pertenece del todo, y lo haces sentir mal por eso. Él no es un objeto de tu posesión, Guille, pero te ama con locura y es lo único que importa, que confíes en él __lo mira de reojo y sonríe__. Te conozco, hermano__. Si por vos fuese, ni bien salgas de lo de  Juan, lo encerrarías bajo llave para siempre para no compartirlo con nadie. Pero terminarías por matarlo. Pedro vive con las puertas abiertas, y así es como se da libremente, con una confianza admirable y lo mismo te ofrece.

__Es esa confianza la que me vuelve loco de preocupación. Para él todos somos santos hasta que no se demuestre lo contrario, y yo como penalista no opino así.
__No me parece justo, no es un tonto ni mucho menos, no es justo. Amigo mío, déjalo ser como él te deja ser a ti, y vivan en armonía, en la que da la confianza, por lo demás encomiéndalo a Dios.
__Sabes que no soy creyente.
__No es así. Te crees todopoderoso. Pero siempre existe un momento en nuestras vidas en el que necesitamos de Dios.

Cuando regresan a lo de Pedro entran trastabillando, enredados en un beso abrasador. Sería la última noche hasta  poner en claro su vida, y Guillermo se propone convertirla en un recuerdo memorable para Pedro. Cada uno se deshace de la ropa con urgencia, como si les picase sobre el cuerpo, y vuelven a confundirse en un abrazo de pieles desnudas, cuyo roce intensifica las sensaciones, plagándoles las zonas erógenas con latidos, pulsaciones y cosquilleos.
Guillermo lo envuelve  con los brazos, lo recorre con las manos __la espalda, los glúteos, el pecho__, dibuja caminos de saliva en el cuello que Pedro expone adrede echando la cabeza atrás, en el hueco del cuello, en el pecho, los pezones. Por una ventana abierta, penetra la brisa de la noche que sopla el voile  de las cortinas y arrastra el rugido de las olas del río lamiendo la playa y que se mezcla  con el sonido de las respiraciones afanosas de los amantes y sus jadeos angustiosos.

__Son tus ojos  profundos y bellos, con un brillo de ingenuidad, de candidez, de ternura y de pasión, los que me hacen soñarte cada día, cada noche y a cada instante, pero, es tu misteriosa, enigmática,  sensual y penetrante mirada,  la que seduce mis sentidos y me cuenta todo de vos,  aunque a su vez esa mirada también  encierra un misterio que me cautiva, que me hechiza, que me enloquece, que me enamora y que coexistentemente se ha trasformado en mi sueño, mi deseo y en mi perdición, porque en ella está  la razón de mi existencia. Mas, nunca dejes de mirarme que sin tus ojos, yo ya  no podría vivir _le susurra Guillermo.

…¡Abrázame! Y deja que tu piel incinere  cada parte de mi cuerpo __musita, Pedro__. ¡Abrázame! Que necesito nuevamente reflejarme en tu mirada porque tengo tantos deseos de sentir tus labios besando mi boca que te extraño tanto y solo quiero estar a tu lado.
¡Abrázame! Que tú eres mi deseo, mi lujuria, mi placer, mi vida y mi amor. Que ya no importan las distancias, porque siempre tú estarás conmigo, en silencio, que sin tu amor, ya no puedo más, y no sé cómo vivir sin vos. Pero por Dios te lo ruego, tan solo abrázame
 no me sueltes jamás.
Usted me deja en la espera  de una pasión que no llega, con la imaginación desbordando en lujuria, con los deseos a flor de piel, solo por pensar en usted… Por imaginar probar la delicia de su miel. Aún eres mío en las noches tibias cuando tus recuerdos perturban con pasión mi calma. No detengas tus caricias… Entrégate al amor que ofrezco, sé mío,  sé mi paz,  sé mi alma. Quiero beber la pasión de tu alma, ven quédate, permanece en mí. Detengamos el tiempo, que  muero por morar en ti esta noche.
__Si… Detener el tiempo entre ardientes besos, calcinarme en el fuego de tus caricias. Sí, quiero amarte con alocado frenesí, perderme y volcarme en ti cada amanecer, perderme para volver a buscarte… Y para mi suerte tener el placer cada noche,  entre sábanas blancas volver a encontrarte.

La luz del balcón baña los cuerpos y otorga al cabello brillo opaco. Guillermo se llena la mano de un puñado de mechones y hunde la nariz para aspirar los restos de perfume con el que se ha perfumado en la mañana y antes de que le hiciese el amor al llegar. Vuelve a abrazarlo, abrumado de la energía sexual que lo hace sentir un titán frente a Pedro, y él nota la desesperación con que él lo está amando.
Sin detener el beso, Guillermo tantea hasta arrancar el cobertor que termina en el suelo. Se acuesta de espaldas, y Pedro se ubica a horcajadas sobre él. El contacto del pubis y el sexo húmedo y caliente sobre la piel lo sacude, y sus testículos se   tensan en un espasmo doloroso que lo obliga a arquearse y gemir sin sonido. Pedro se inclina y le apoya los labios en la boca entreabierta para colmarse de su aliento.

__Quiero que me digas cuáles son tus preferencias _le pide Guillermo__. Qué cosas te gustaría que te haga, no quiero volver a darlo todo por hecho. Quiero que me lo digas, quiero conocer tus gustos, Pedro. Quiero darte tanto placer como el que vos me das a mí__. Lo ve dudar e insisten __.  Por favor, háblame de tus fantasías.

__Todo lo que me has hecho me ha dado placer, mi amor, pero lo que más me gusta es cuando usas tu lengua para chuparme lo que sea, los pezones, el ombligo, la piel, el pene. ¿Sabes qué pienso? Que cuando pones tu lengua entre mis piernas, compartimos la intimidad más absoluta, más que cuando nos penetramos. Solo la confianza infinita que te tengo me permite abrirme a ti de ese modo.

Pedro se aleja para mirarlo y queda sobrecogido ante el espectáculo de sus ojos, que le recorren el rostro, estudiándolo a conciencia y con la misma ferocidad con que sus manos le masajean los glúteos. Su mutismo lo excita, su expresión seria lo mantiene en vilo.

__Ponte de rodillas a la altura de mi cabeza. __Aunque lo avergüenza, Pedro no se atreve a contradecirlo y le obedece_. Inclínate hacia delante y sujétate a la cabecera de la cama. Baja hasta poner tu sexo sobre mi cara. __Pedro duda, y Guillermo lo obliga atrayéndolo hacia él__. Me pongo de piedra con solo tenerte en esa posición.

Al aliento candente de Guillermo le golpea en  su sexo, y Pedro se estremece. El primer lengüetazo lo hace gritar, y luego otro, y otro más, hasta que las oleadas de placer en la succión de dientes enfundados y la lengua en el glande desbaratan los últimos vestigios de vergüenza y cortan los frenos de contención. No se reduce a la acción de la lengua, sino también cuenta la posición, que implica una entrega absoluta, las manos de él que trepan desde atrás y le acarician los pezones, y el tesón que pone en complacerlo. Pedro recibe el placer que Guillermo lo prodiga con espíritu libre, y ese gesto lo hace sentir invencible, amado, deseado. Las burbujas de excitación que le borbotean en el cuerpo se mezclan con las de la dicha que le hacen  proferir un grito de placer. Reír y pronunciar el nombre de él.
Tras los párpados celados de Guillermo, se proyecta la imagen  de ellos en esa postura y la sangre le pulsa en el glande. Pedro echa la cabeza hacia atrás y con las puntas del cabello le acaricia el mentón y ese simple roce se convierte en estímulo que se esparce por sus terminaciones nerviosas sensibilizándole la piel como si estuviese en carne viva. El orgasmo de Pedro explota y vibra en sus labios y en sus oídos, donde se prolongan sus gemidos dolientes y profundos. Lo ama por su índole, por su pasión, por su confianza para dejarse guiar y disfrutar.
El orgasmo lo ha alcanzado hasta el ombligo, lo ha sacudido y, cuando Pedro piensa que acaba  la lengua de Guillermo lo conduce a otro que siente hasta en las plantas de los pies. Después de segundos de quietud con la frente apoyada en los antebrazos que descansan sobre la pared de la cama, se mueve con cuidado hacia atrás, se vuelve, se eleva sobre el pene de Guillermo palpitante, y, sin apartar la mirada, resbala sobre él y lo entierra en su carne. Guillermo suelta el aire de manera violenta y, al clavar los dedos en las caderas de Pedro, lo lastima sin darse cuenta, Pedro apoya las manos encima y le indica que afloje, intenta hablarle. Sobre los labios tensos.

__Acabamos de compartir la intimidad más plena y profunda que existe entre dos. De ahora en adelante, cuando estemos con otras personas te voy a mirar y voy a pensar: “Él es el único en este mundo al que permito que me bese el alma”.
Pedro lo siente expandirse dentro de él, y lo afecta la mudanza en la tonalidad de sus ojos, que se mimetizan con la penumbra al adquirir una tonalidad oscura. Iba a incorporarse, cuando Guillermo vuelve a pegarlo a sus labios.

__Pedro, es que vos y yo somos uno solo. __Y le recuerda__. Sin pasado, solo este instante eterno.

__Uno, amor mío ---. Madrugadas que sueño en ti, teniendo el sabor de tus besos, la dulce miel de tus labios, tu boca despertando mil sentimientos, divagando pensamientos, mi imaginación aparece, cierro los ojos siento tu aliento, tus murmullos decir tan excitantes palabras que desnudan el alma y se derraman en dulces tormentos.
Mis madrugadas te sueñan, un sueño pleno de ti, desnudos estamos bajo las sábanas, curioseando nuestros cuerpos perfectos, probando el néctar tan inefable, de sabores excitantes, donde los deseos despiertan pasiones, en el silencio de las miradas, que cautivan, que se convierten en pecado porque desnudan el alma.
Cuerpos usados que sacian en una infinidad de gestos, cómplices de cada encuentro, en el que pierdo estribos, el control totalmente, nuestras manos como obras de arte se pierden piel  a piel perfectamente, cual se vuelve uno tan ciego en fatal atracción, vehemencia y cordura al mismo tiempo.
Me pierdo en esa esencia, en ese  aroma sin igual, dejándome exhausto ante su fuego y ardor, hacia esa entrega total tan sublime bebiéndote, teniendo sed y hambre de ti, tu geografía perfecta amo, regalándote mil caricias, pasión y lascivia.
Mis noches te añoran, desármame cada instante con tus besos, con tus caricias, con tu manera de expresarte, que quiero que se quede para siempre tu perfume, tu aroma, tu esencia, tu olor natural en mi ser, mi cuerpo solo te quiere llevar al infierno y a la gloria solo con soñarte en mis brazos.
Son esos hermosos ojos  los laberintos  donde despiertan mis pasiones, mis sentimientos, mis emociones, incluso cuando suspira su mirada intensa brilla, haciendo que afrentando en el laberinto de su corazón,  sea inútil el querer buscar una salida. Son sus hermosos ojos
guías de cada sentido de mi cuerpo, me inyectan adrenalina, fuego, pasión, y un deseo
que me deja en total desasosiego... O así lo siento en cada parpadeo. Son sus hermosos ojos
la luz que conduce mis instintos,  que me envuelven en esa calidez,  que me invitan de lo sacro a lo prohibido. Son sus hermosos ojos hechizo, el somnífero que empaña mi cordura,
y  que hace ajenas mis ideas... Y cuando quiero abandonar ese bello laberinto,
me hace necesitarlo tanto como la luna necesita a las estrellas. Amo perderme en ese mirar
que corta la magia por momentos, pero hace más inmensa la forma en que lo amo y lo voy a amar.
__Algunas nubes grises enamoradas de la brisa, juegan en el cielo. Un azulado picaflor bebe las últimas savias de la flor, en un estío de rojos y en el espejo de ese paisaje, tu imagen de aroma y flor, entibió mis ojos. La suave brisa fresca esculpe el tenue ropaje en tu cuerpo.
Rizos de sol y oro acarician el óvalo de tu rostro y los luceros de tus ojos y sonrío, como al picaflor a su flor, rendido a tu belleza y tu infantil sonrojo. Mis manos amantes recogen el aroma de tu piel. Quiero ser mar y espuma, que besa tus pies de nácar y corolas. He de desnudarte entre las olas, en el infinito placer de amores soberanos y amarte sin límites, beber de tu boca mi sed, lujuria de placer descarriado. Tu risa, invade el silencio, que se esconde en un arrullo en flor. Y un beso sorprendido escapa de tu boca, y se aposenta tibio, en los míos.
Mi corazón estalla en la música íntima del instante supremo de ver el amor. Déjame intentar otras quimeras, en el desierto donde habitan mis sueños entre tu piel, labios y cuerpos, volando tus manos, sin pensar en el tiempo.
Nuestro amor ha de abolir las fronteras de nuestros cuerpos. Sentiremos el éxtasis íntimo de la comunión de ser dos amores conjugados, arrebatados por la vida, en alborozo, enamorados. Amor, bésame y llévame al cielo, sin salir de nuestro lecho.
Quiero tu amor de todos los momentos, olvidando mis esperas, vida mía y lenta y dulcemente hacerte mío, calmando todas mis ansias desmedidas. Déjame reposar en tu regazo, amor de todos mis instantes. Te enseñaré mis vernos con palabras tibias, hasta arrancarte tus lágrimas hombre de pasiones descarriadas  que me robas el alma. Desde el mismo instante que besé tu infantil sonrojo en un susurro dulce, me enamoré para siempre de ti, por el resto de nuestros días.
--En una dura y larga tempestad, naufragué hasta su cuerpo  agotado, hambriento, sediento,  a las puertas de su aliento  en el suelo miro al cielo y ordeno a Cronos parar el tiempo  pues he llegado al paraíso y este me quiso por tanto tiento. Me puse en pie,  así caminé desde el este  al oeste de su piel  por un sur de fantasía, hasta un norte donde sacié mi sed  en ese manantial de besos en el que esa linfa sabía a miel  y de rodillas ante esa Fontana no hacía más que absorber. Quería colmar con ansias todo aquello que me encuentro  y nutrí de sus caricias, en ese  túnel de terciopelo  donde sembré  las  simientes que pensé perdidas mar adentro y en su alma le dan consuelo. Si bajo ese manto de su pelo, mientras vida huelo, recupero  para probar ese nuevo comienzo del ascenso por su cuello  y en la caída del ocaso logro la cumbre justo donde quiero  ante esa luz de sus luceros que de la noche son mi anhelo. Mas al llegar el alba, siento hacerme señor del arduo lecho  pues en calidad tierra hice mi pueblo, mi orbe, otro sueño  lo que es tuyo por derecho, lo he hecho y lo que ya sospecho  que puedo llegar más lejos y de ese mundo hacerme dueño.
__

Es casi medianoche cuando Guillermo regresa a casa. Julieta le ha pedido la noche libre para atender el matrimonio de una sobrina.  Le ha dejado sobre la cocina el plato de la cena cubierto con papel de aluminio. Guillermo se sienta a la mesa y se sirve una copa de vino. Se quita los zapatos. Se frota un pie con el otro. Ha encendido todas las luces, la pequeña araña de cristal sobre la mesa refulge. Sabe que Pedro desea que se instale con él en alguna parte, también él lo desea pero antes necesita despegar de esos treinta años y decir la verdad a su hijo. El viento es el único sonido. Se escucha afuera moviendo las frondas de las palmeras. Guillermo contempla el salón comedor, los paisajes italianos de la suegra en las paredes. Solo un cuadro le pertenece a él, un paisaje lacustre de Alejandro Arostegui. Hasta ahora que ha compartido las vicisitudes del barrio lo descifra, descifra las latas que el pintor ha superpuesto sobre el óleo. La pobreza contra el azul magnífico ha dejado de ser simbólica y abstracta. Sentado en la silla de la cabecera de la mesa, recorre como si viera diapositivas imágenes de las comidas familiares en ese lugar. Navidades, Nocheviejas, cumpleaños, cenas con amigos.
En su vida matrimonial, la vida social sucedía en oleadas, la propia solo en el estudio, los asados de Beto, piensa. En la casa, había épocas en que tenía ganas de meterse en la cocina y fraguar platos o tragos novedosos, le gusta, pero en otras lo dominaba el aburrimiento de lo predecible, las conversaciones que se repetían,  las formalidades de Juan queriendo impresionar a sus colegas. Desde que Fabián se fuera a la universidad el año anterior, apenas había organizado reuniones. Todo es tan nuevo a cada rato, a cada día junto a Pedro, piensa y sonríe.
Se deprimió sin su hijo y los días fueron pasando inadvertidos. A veces algún colega lo llamaba e invitaba a cenas o fiestas y él iba. Después sucedió el accidente y él se ensimismó.

Le sorprende pensar que si antes fue diestro en manejar varios oficios a la vez, se encontraba ahora reacio, incapaz incluso, de seguir haciéndolo. Huía  de  que se le agolparan las tareas en la mente. Necesitaba enfocar la atención. En esos días había sido una bendición que la epidemia lo absorbiera totalmente. Llegar agotado impidió que el armario vacío de Juan le hiciera mella porque aunque sabe que ama a Pedro,  la rutina rota de tantos años deja un hueco, una especie de inquietud, de temor a lo desconocido del porvenir. Además Julieta lo ha seguido por la casa, le ofrecía café. Vino. Era la primera noche que estaba solo, auténticamente solo en la casa.
Se  levanta, lleva los platos a la cocina, los lava con parsimonia mirando por la ventana. Está cansado pero de una manera diferente. ¿Cómo calificarlo? Un cansancio dulce, piensa, un cansancio que reposa en sí mismo, que no tiene prisa por descansar, un calor placentero, el cuerpo contándose a sí mismo las horas transcurridas. Nadie lo espera, nadie espera nada de él porque Pedro acepta, no exige, da, se da, ni una sonrisa, ni una reacción, ni la frase feliz o el contrapunto. Se seca las manos. Sale al pequeño jardín donde está la fuente. La luna es un sable desenvainado en el cielo. Un alfanje, y el viento sigue corriendo por la noche con sus prisas. Las flores del arbusto están cerradas, pero la enredadera de jazmín brilla con sus flores blancas y pequeñas despidiendo un leve aroma. Guillermo se sienta en la mecedora de su madre. ¿Qué habrá pensado cuando por horas se quedaba allí mismo?, ¿qué miraba dentro de sí? Él mismo podría ser un fantasma de una casa abandonada, un nido del que ya volaron uno a uno los pichones,  los padres. Mira el entorno como si recién lo contemplara, detiene la mente cuando esta quiere obligarlo a pensar en el futuro.
Así está bien, se dice, ¿cuántas veces he sido solamente esto, un cuerpo respirando, siendo? ¿Qué otra cosa es más hermosa que el puro placer de estar simplemente suspendido, quieto en la noche, existiendo? Se siente bien, fuerte, con un contento plácido que no deja de parecerle inaudito.
Que él, hombre de su casa, padre abnegado, contemple los años que vivió de esa manera como de lejos, como si los hubiese vivido otro y no él, lo deja pasmado. ¿Cuándo empezarían las concesiones?, se pregunta. ¿Cuándo fue que empezó a ceder y dejar de ser lo que era para capitanear el barco de la vida en común con Juan, montado en la proa, pendiente de los escollos, las mareas, las posibles tormentas? Creyó siempre que era su misión, que eso lo haría feliz.
Por años no tuvo tiempo siquiera de preguntarse si lo era, no tuvo descanso siempre vigilante, volcado fuera de él mismo.
Entra en la habitación, enciende la luz, ve la cama hecha, el cobertor, las almohadas, el aire inmóvil sobre los retratos.
Juan está alojado temporalmente  donde un amigo recién divorciado. Lo ha llamado por teléfono, diciéndole que necesita estar solo para pensar, no tolera estar cerca de él, como gozando de su propio peso en el mundo, peso que él aprende junto a Pedro donde se hace fuerte. Ya no se siente ni es el complemento de Juan, y ahora siente alivio, hasta alegría de tomar la vida en sus manos, moldearla a antojo y organizar sencillamente su entorno.
Esos días con la epidemia de malaria lo han entrenado, estudiar, terminar la carrera es una tentación. Tiene dinero y puede vender la casa que heredó de sus padres, darle la parte a Fabián y comprar.
¿Y Pedro? Lo ama. Pedro es benéfico, como un chocolate caliente, un baño de tina, un concierto en una plaza italiana. Quizás el miedo a la diferencia de mundos y edad le impide verlo de una manera más estable en su vida.
Pero no quiere soltarse de una rama para aferrarse a otra, por mucho que le alegre la alternativa de que exista y por ello le ha pedido ese tiempo. Imaginarse con Pedro lo hace sonreír. ¿Será capaz?
Se ducha, se pone el pijama, entra a la cama. Oye el sonido del celular, entra el mensaje de Pedro deseándole buenas noches, se siente mimado, cuidado, añorado, y sonríe. Siente una vitalidad nueva, bríos, un no temerle a sus impulsos.
Reconoce, sin embargo que teme lo que dirá su hijo. ¿Cómo le explicará? Ni él mismo logra hilvanar una narrativa coherente de lo que ha sucedido. Fabián ha sido confidente, le ha preguntado si ha sido feliz con un marido tan ausente, metido en su mundo de hospital y los amigos con los que sale de pesca. Guillermo jamás ha sentido que puede abrirle el corazón. Solo a través de sus propias experiencias cuando sea padre. Él sabrá  lo inaccesible que es la intimidad plena dentro del núcleo cerrado de la familia, también ocultará sus interioridades, recubrirá la superficie con un barniz de pareja feliz, se esforzará en mantener la sensación de armonía queriendo evitar a los hijos las angustias que ellos no les será dado remediar.
No concibe ni siquiera insinuarle que Pedro o Matías incluso sean causa de la ruptura. Que se entere más tarde. Le daría pudor. Prefiere hablarle de cansancio, rutina, el amor extinguido por ella, el diario. A veces se lo imagina diciéndole que es natural en matrimonios de años, que salgan de viaje, que se muden de casa, que pasen tiempo juntos y solos, que a esa edad es tiempo de acompañarse, no de quedarse solos. La juventud era cruel y desconocía el derecho de los mayores a seguir usufructuando la vida. Solo cuando uno era adulto y se percataba de la eterna juventud de los sentimientos percibía la altanera falsedad de atribuirlos a la edad cronológica.
Por la ventana la luz de la luna ilumina los troncos de los árboles, las hojas del caucho, que se mueven agitadas por  un viento que las hace sonar como el mar dentro de una caracola. El cansancio al fin le cierra los ojos y Guillermo se sumerge en sueños luminosos. Pasará la angustia. Pasarán los malos momentos. Siempre pasan. Ahora, como nunca, su vida le pertenece.
__

Pedro tampoco duerme. Recuerda la tarde, las heridas y vetas de la madera cepillada, y el impulso franco y efusivo que le hizo decirle a Guillermo que estaba enamorado de él. Lo ha visto literalmente transformarse y le complace saberse parcialmente responsable de esa metamorfosis. Era impresionante ver salir una mariposa de la crisálida. Guillermo merecía más que esa historia anodina y sin oficio que actuaba cuando apareció en su vida. Era una lástima que hombres como él terminaran aplastados por la obligación de matrimonios áridos. Él lo ha visto emerger de sí mismo con energía. Era una lástima que Juan no lo hubiese cuidado como una joya, que lo hubiese tratado como a un animalito doméstico, con una buena jaula y buena comida como suficientes para la felicidad. Ese hombre necesitaba que lo acariciasen con las palabras, que lo celebraran y lo hicieran reír. Tenía una risa que a él le parecía fascinante, que le saltaba de adentro como motitas blancas y tostadas. Le encantaba ver lo profesional y decidido que se comportaba cuando era necesario. Tenía un espíritu de combate y a pesar de andar como pez fuera del agua por allí, trataba a todos con mucha dignidad y respeto y eso le había ganado aprecio entre la gente del barrio. Pedro sabe que él se preocupa porque lo siente de otro mundo y menor, pero eso le tiene sin cuidado. Si no se ha casado, ni emparejado con nadie es porque teme esas vidas chorreadas en cemento en un molde universal, vidas que apenas se distinguen unas de otras.
Quizás era la manera en que debía funcionar la sociedad por aquello del orden, la multiplicación de las especies, pero él no tiene el mandato de reproducirse. La gente a veces tenía hijos sin pensar, ya sea por descuido, ignorancia o porque le fascinaba el entusiasmo del embarazo, las cunitas del bebé, los cochecitos, el olor a talco. Los hombres cedían al mandato biológico de las mujeres. O al desafío de demostrar la virilidad engendrando.
Le resultaba fácil después desentenderse, delegar el cuidado, sentirse buenos padres si jugaban con los hijos un rato. Pero él desde niño notó que las mujeres tenían que vérselas solas. Ellos eran hombres y además era una ventaja que Guillermo hubiese sido padre. Camila solía llamarle egoísta cuando él mencionaba sus intenciones de no ser padre. No había hablado del tema de más hijos con Guillermo, ni siquiera aún de casamiento.
Un día de estos les hablaría a los dos de su primera experiencia, doña Elsa, fue con ella con quien hizo el amor por mi primera vez a sus diecisiete y a los treinta de ella, recién se iniciaba  su trabajo como carpintero. Changuitas, pequeñas reparaciones. Y ella tenía una casita preciosa, como de muñecas, de madera y en un lugar rodeado de árboles. Era una mujer bastante ermitaña, daba clases en la universidad, era viuda, guapa. Cuando él llegaba la encontraba recién levantada, con la cara sin maquillaje, envuelta en batas de seda de colores, descalza. Ella trabajaba de tarde, por la mañana rondaba por la casa, el jardín, arreglando, arreglándose. Se hacía ella misma la película sentada en el sofá de la sala mientras él arreglaba los marcos de las ventanas, las vigas, las puertas y la miraba de reojo dedicarse absorta a pintarse las uñas. Daba clases de filosofía y le gustaba largarse en discusiones y reflexiones, preguntarle si él creía que la bondad era innata en el ser humano, si pensaba que la maldad la cargaba toda la especie, que cuál era el impulso principal. Le leía párrafos de Aristóteles sobre la vida virtuosa, le contó de los tres sueños de Descartes y  su idea de una teoría única del conocimiento... Hablaban de eso y de todo, un día sin más lo llamó a su cuarto. Pedro recordaba el olor a limpio de la habitación y el leve perfume de la mujer, a sexo que ella emanaba.  Desnúdame, le dijo, viéndolo fijo con una mirada de pudor pero diáfana, humedecida y ávida.
Pedro recuerda lo rápido que le respondía, el temblor que sintió en las piernas, y en las manos cuando le empezó a quitar la bata y la vio magnífica, pechos grandes, anchas piernas, cintura estrecha. Fue rápido, allí, contra la pared de la puerta del armario hicieron el amor frenéticos.
Pero no era lo suyo, el deseo por las mujeres no se despertaba, con Guillermo renació furioso, y él tenía ese abandono desinhibido, el don de estar absolutamente presente, los ojos abiertos, las manos grandes guiando las caricias, la masculinidad imponiéndose dándola y recibiéndola, el cuerpo entero envuelto en una suerte de vibración respondiendo a la fricción como a una sed profunda, misteriosa, y los orgasmos eran locos, desquiciados. Hasta sin que  él lo tocara llegaban a veces. Relampagueantes, sin esfuerzo, como si los tuviera a flor de piel. Guillermo era igual, el placer desaforado sin búsqueda de más. Él se maravillaba. Buena conversación, buen sexo, un cuerpo poderoso, experimentado, rotundo, un ser  uno para unir las almas y formar un escudo protector de amor a todo peligro.
¿Qué más podía pedirle un hombre como él a la vida?
Doña Elsa murió, el cáncer se la llevó, y él estuvo a su lado.
Pedro siente la nostalgia cada vez que esos recuerdos le ganan. Piensa que quizás hace mucho que quiere encontrar el amor… y está seguro que ya lo encontró.

“Ilógico parece ser, seguir amándote, cuando los besos de tus labios no los tengo, cuando el tiempo me dice  que no tiene caducidad esta espera por acariciar y amar tu cuerpo.
Irreal parece haber sido el tiempo que, detrás de ti, los sentidos y pensamientos me llevaron arrastrado por un amor irrenunciable.
Vivir en la paradoja del destino  que pone un amor así  en mi vida y me obliga a amar en soledad, acariciar sin rozar la piel, besar en sueños tus rojos labios, para despertar en la mañana con sabor a ti y buscarte en la cama, creyendo que en algún rincón está el origen de tu perfume, que está invadiendo mi aire.
El mudo sonido, que como sombra aquí me persigue, no logra acallar tu voz que suena en mis sentidos, diciéndome tantos te amo… simple palabra que llena de esperanza cada mañana al despertar y renueva un vacío, a necesidad de tenerte abrigándome el alma, cada noche, se encienden los sueños míos, de caminar en besos por tu piel.
Empecinado está  este amor, resiste a la angustia, que con fuerza, a veces nos quiere abrazar, obliga a ser yo tu fuerza cuando crees decaer y siendo tú la mía cuando insinúo dejarme vencer, no se niega ya en la razón este sentimiento, que solo falta tome posesión de los cuerpos, que sedientos de pasión esperan.
Aquí y ahora, el destino como viento frío de esta zona castiga la razón, hiela por debajo de la piel, queriendo hacer sentir perdido, sin dirección este amor, lo arrastra entre distancia y tiempo… pero hay algo muy fuerte, que mantiene ardiendo en el pecho, es sentirte acariciando mi alma, besándome el corazón… me fortalece y al viento del destino le grito, este amor es irrenunciable”.
Te extraño. Guille, no demores, somos uno, no lo olvides.


CONTINUARÁ.
HECHOS Y PERSONAJES SON FICTICIOS.
CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES COINCIDENCIA.
LENGUAJE ADULTO. ESCENAS EXPLÍCITAS.